Francis Bacon

     


No es una noche fácil para Francis Bacon. Casi ninguna lo es últimamente. Un viento frío y punzante vaga errático por las calles de Nueva York y se cuela por las rendijas de su taller, pero a él parece no importarle. Está pintando descalzo, en calzoncillos y con una camisa de mangas cortas repleta de manchas de pintura. Sobre el piso helado hay tantos pomos de óleos y pinceles como botellas de Jack Daniels. 

     Tampoco es una noche fácil para George Dyer. Sabe que lo están buscando y que le convendría salir de Nueva York por un tiempo, pero está dispuesto a dar un último golpe. Uno grande, uno del que hablen todos en los sórdidos bares del Soho que frecuenta. La idea es entrar y hacerse de algunos lienzos del gran artista del momento. Está convencido de que Bacon estará en Washington acompañando a De Kooning en la inauguración de su retrospectiva, aunque, por las dudas, lleva encima su hermosa Colt 45, cromada y reluciente. Ama a esa pistola antigua que lo hace sentirse infalible y sensual, como un vaquero de estos tiempos.

     Bacon pelea con sus demonios, los ataca a pincelazos. Necesita un tema, una imagen, algo inédito, una nueva obsesión que lo inspire y lo motive. Sabe que los ojos del mundo del arte están puestos sobre él, pero toda la pintura que tira sobre la tela, termina tomando la forma del Papa Inocencio X. Lo tacha, lo deforma, lo pone entre furiosas rejas, lo electrocuta con azul y amarillo, pero siempre aparece. 

     George Dyer camina como un gato en la noche sobre los tejados del Soho. Se está acercando a la enorme claraboya del estudio de Francis Bacon con el fin de desacoplar una puerta lateral de vidrio. Le sorprende ver algo de luz en el interior y se inclina para corroborar que no hubiera nadie en el taller. El rocío nocturno le juega una mala pasada y trastabilla dando lugar a una estampida descomunal de vidrios que se estallan y desploman.  

     Aterrado y confuso por el estruendo, Bacon corre por instinto hacia la cama que tiene en el taller, y desde allí observa cómo, de entre los vidrios rotos, George Dyer lentamente se incorpora. Está bastante cortado y maltrecho por el golpe. Como puede, saca la brillante pistola Colt 45 y le apunta a la cabeza. 

     Hay rojos por todos lados: rojo en la sangre que cae sobre George Dyer; rojo de la pintura, en las manos y en el cuerpo de Francis Bacon; rojo en los lienzos acumulados en el taller; y rojo también en sus ojos y en sus corazones. Francis Bacon está desbordado de pánico y emoción y solo atina a decir:

     -Si venís conmigo a la cama, te podés llevar lo que quieras.

     El taller es ahora un remolino alocado de pasión, éxtasis y violencia. Francis Bacon siente dentro suyo el frío acero de la Colt 45 cargada, al tiempo que mira por el espejo que cuelga sobre la cama, el cuerpo joven, desnudo y ensangrentado de George, y ya sabe que, finalmente, encontró la nueva obsesión que su alma de artista pedía a gritos.

     Hoy es 26 de octubre de 1972, están en un hotel de París y ya han pasado nueve años de aquella mítica noche. Los cuadros de Bacon inspirados en George Dyer, situaron al artista en la cima del arte mundial, pero su relación es una pesadilla tormentosa para ambos. Mañana, en el fastuoso Grand Palais, Francis Bacon tendrá su gran noche de homenaje y celebración. Habrá más de cien obras expuestas, y decenas de celebridades y artistas del mundo entero ya confirmaron su presencia. El mismísimo George Pompidou, presidente de Francia, será el encargado de inaugurar la muestra.

     George está más tóxico que nunca y Francis piensa que fue una pésima idea llevarlo a París. No paran los celos, los reclamos por cualquier cosa y la enorme cantidad de droga y alcohol que consume lo vuelve en un estado de escándalo permanente. Bacon, furioso, le anuncia que se muda de habitación y George Dyer, como tantas veces en este último tiempo, amenaza con matarse.

     Por fin llegó el gran día. Toda la vida, Fracis Bacon soñó con este momento de gloria. Entre entusiasmado y ansioso ingresa a su anterior habitación para buscar el traje que mandó a hacer especialmente para el evento. Solamente Pablo Picasso tuvo un homenaje similar y el ego no le entra en el pecho. Solo piensa en brillar esta noche. Le llama la atención no ver a George y cuando lo busca en el baño lo encuentra muerto, desnudo y sentado sobre el inodoro, reclinado sobre sí mismo.

     Francis Bacon está más desesperado que triste. Llora un poco y no sabe a ciencia cierta si es por George, por la muestra que se inaugura en un par de horas y que empieza a desmoronarse o por el miedo de no poder volver a pintar después de esto. Cuando sale del baño ve sobre la cama el traje impecable y reluciente y sin pensarlo mucho, se lo prueba. Le queda fantástico. Nada va impedirle disfrutar esta noche.

     Su agente se encarga de sobornar al personal de limpieza del hotel para que no entren a la habitación y parten rumbo al Gran Palais.

     En su discurso, Francis Bacon habla de su obra y de la intención de que sus pinturas pasen directamente del ojo al estómago, sin pasar por el cerebro. Recibe los aplausos sonriente y magnánimo,  y solo tiene un momento de perplejidad cuando nota que enfrente suyo cuelga el tríptico “Tres figuras en una habitación” pintado siete años atrás, en el se lo ve a George desnudo, sentado sobre un inodoro y reclinado sobre sí mismo. El mismo George Dyer que mañana será tapa de todos los diarios.



 

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