Champagne


 



Los gustos hay que saber dárselos en vida. Y digo saber, porque puede llegar a no ser tan fácil como parece.

     A finales del año 2023, me regalaron una regia botella de champagne. De esas que son importadas, que vienen en caja de madera y que traen delicados ornamentos plateados y dorados. Yo de champagne entiendo menos que de biotecnología, pero me prometieron que beberlo sería una experiencia inigualable, una suerte de Kairós prodigioso que vendría a separar a mi ya hipertransitada vida etílica en un antes y después. 

     Me sentí tan entusiasmado que esa misma noche lo puse en la heladera con la idea de abrirlo y festejar a la primera ocasión o cosa medianamente buena que nos sucediera.

     A los pocos días festejamos el año nuevo, pero acordamos con mi mujer no llevarlo a la reunión; creímos que era mejor dejarlo para algo más íntimo, algún festejo que nos involucrara a nosotros o a nuestros hijos.

     Y esos días de buenas noticias, por suerte, empezaron a ocurrir. Mi hija Abril protagonizó un comercial de mucha visibilidad, pero la noche en la que lo vimos por la tele, no estaba en casa su hermano David, así que decidimos dejarlo para más adelante. Después, una editorial internacional se comunicó con Rocío para ofrecerle la edición de un hermoso proyecto personal. Optamos por no celebrar ese día, sino cuando tuviéramos el libro impreso. A los pocos días, una de mis fotografías fue premiada en un concurso internacional y sería expuesta en el extranjero. Justo ese día llegué muy tarde del trabajo y no la abrimos. Al tiempo, David pudo conseguir un departamento buenísimo y dijimos de llevar el champagne el día de su mudanza, pero no resultó una buena idea porque las mudanzas suelen ser siempre bastante caóticas. Y esta no fue la excepción. 

     De manera que el año iba transcurriendo, curiosamente, y a nivel personal, bastante bien para nosotros, pero nunca encontrábamos el momento oportuno para celebrar con el bendito champagne. Me resultaba deprimente abrir todos los días la heladera y verlo ahí parado, ocupando un espacio que solo me devolvía como un espejo maldito, mi fracaso y mi pobre capacidad para la alegría.  

     Y pasaron cumpleaños, y aniversarios, y nada. Incluso pudimos cambiar el auto, que estaba hecho pelota, pero no supimos festejar ni el día de la seña, ni el de la transferencia.                                    

     También, y después de mucho tiempo, mis fotos empezaron a circular, y tuve la suerte de exponer en una galería y de recibir una mención de honor en un concurso importante, pero después de las inauguraciones, como ya habíamos bebido, preferíamos dejar el brindis para otra mejor oportunidad. 

     Tampoco brindamos cuando regresamos de unas vacaciones en México que fueron maravillosas, ni cuando recibí en casa el primer ejemplar editado de mi tercer libro de poesía infantil.    

      Y así seguía el champagne, muerto de risa en la heladera.

     Pero hoy, domingo 29 de diciembre, a dos días de finalizar el año, me levanté decidido a terminar con este martirio. Prendí la parrilla e improvisé un asado con algo de carne que tenía en el freezer. Terminamos de almorzar y antes incluso de levantar los platos, y para sorpresa de Abril y Rocío, llevé la botella a la mesa. La pregunta no tardó en hacerse oir:            -¿Pero qué estamos festejando? 

      -Festejamos que hoy, finalmente, abrimos la botella de champagne. ¡Salud!


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