Fuck You
Luca Prodan, a inicios de 1987, ya se sabía muerto. Lo que quedaba de él en este plano, le había pedido a su amigo, Rodrigo Espina, que grabara con su cámara los recitales programados con Sumo, porque no creía que llegara con vida al año siguiente.
Yo estoy yendo en el auto a ver parte de ese material, el último show en Obras Sanitarias, inédito hasta ahora. Voy bien predispuesto porque amo el otoño y porque el tránsito me favorece. Porque voy a reencontrarme con mi primo Sebastián y porque Sumo me maravilla. También por el atractivo de colar una salida un martes a la noche que venga a desapolillarme un poco la rutina. Pero, asimismo, llevo conmigo un nudo amargo en el estómago que me acompaña desde hace algunas semanas. Ayer, mi psicóloga me preguntó cómo estaba y le dije: “bien y mal; un bien y mal que no hacen un más o menos, sino que son eso, bien y mal, juntos, al mismo tiempo”. Pobre mujer, ya se debe estar cansando de mis boludeces.
Es hermoso el centro cuando hay poca gente. La noche, apacible y cálida me invita a bajar un poco las ventanillas y a apagar la radio. Sin embargo, unos metros más adelante, en 9 de Julio y Rivadavia, un destello infinito de luces azules y blancas comienzan a romper el hechizo. Son un centenar de policías parapetados en motos y carros hidrantes que desvían el tránsito. Me resulta desproporcionado y hasta inverosímil. Cuatro calles después, a la altura de Paraná, bordeando el Congreso, la escena vuelve a repetirse. Mañana se votará la Ley Bases en Argentina, pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas.
El estreno de la película es por orden de llegada y ya hay unos pocos haciendo la cola en el cine Gaumont. En frente, unas cincuenta personas, debajo de un toldo blanco, realizan una “vigilia” por el debate de la ley. Manejan información de los senadores y cuentan los posibles votos. “Está cerrado”, me dicen.
Ya en la fila, compartimos unas cervezas con mi primo Sebastián y aprovechamos para ponernos al día. Mientras eso pasa, se acercan personas a querernos vender medias, repasadores y curitas. Del toldo blanco, llega la información del cambio de voto de dos senadores santacruceños.
La vigilia de la película se hace a base de cerveza, vino y fernet y cuando entramos a la sala, ya estamos todos un poco borrachines. La larga espera, la calle, el alcohol, la probable ley, las luces azules y blancas, le dan a la noche una mística punk. Hay un ánimo de regocijo y a la vez de rebeldía que rima muy bien con Luca y su banda.
El presentador del evento da cuenta en unas pocas palabras del desfinanciamiento que está sufriendo el INCAA y suena a coro “la Patria no se vende”, con la tinta aún fresca de su escritura de venta. “Fuck you” es el título de la película de José Luis García.
Luca Prodan ya se sabía muerto y comienza el recital diciendo: “Esta noche el show es un show al revés… a mí se me dio vuelta la vida”. Yo no sé bien de qué lado está Luca (ni la Patria) pero es muy conmovedor y hasta hipnótico verlo en escena y escucharlo hablar. Conviven en él los mil demonios que le tironean los huesos, y el tano pícaro, dulce y buenazo que no termina de entender cómo diablos acabó siendo una estrella de rock en Argentina. Una estrella de rock, distinta; underground y mainstream al mismo tiempo. El día del famoso recital, Luca llega al estadio Obras en el colectivo 29 con un jean gastado, una remera agujereada y una campera de cuero. Las mismas prendas con las que hará todo el show y con las que más tarde se volverá a su casa. Así era Luca.
La película va y viene entre escenas del recital, declaraciones en los camarines y la prueba de sonido. En esa prueba se los ve a los Sumo estallando sobre el océano y sobre el escenario. Toda la banda al palo menos Luca que no canta, simplemente baila en círculos blandos, como en un trance, como un fantasma diáfano y leve.
“Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos” se le escucha cantar a Luca minutos antes de que termine la película.
Ya pasaron algunos minutos de la medianoche y me voy del cine. En mi estómago, además del nudo, que sigue ahí, ahora van dando vueltas las cervezas que tomamos. Pero la noche sigue hermosa y pienso volver a casa con las ventanillas un poco bajas y la radio apagada. Esquivo de nuevo los piquetes azules y blancos y miro, a través del espejo, los vestigios del tornado que arrasó a mi ciudad.
Mientras avanzo en la noche, ya en la autopista, se me viene a la cabeza ese poemita que abre la genial novela de Machado de Asís sobre Blas Cubas, y como no me lo acuerdo bien le pido a Siri que me lo diga. Y así, con su voz artificial, también desde algún otro plano, escucho que dice:
Al gusano
que
royó primero las frías carnes
de mi cadáver
dedico
con recuerdo añorante
estas memorias póstumas.

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